domingo, 21 de marzo de 2010



LEONARDO PADURA ha publicado en España media docena de buenas novelas de género negro protagonizadas por el ex comisario Mario Conde. Leo su última novela “EL HOMBRE QUE AMABA LOS PERROS” en la que se cuentan tres historias paralelas: el exilio de Trotsky, uno de los principales líderes de la Revolución de Octubre, desde 1929 hasta su muerte en México en 1940, la preparación y ejecución de su asesinato y el destino posterior de quien fue el asesino por encargo de los servicios secretos soviéticos, el catalán Jaime Ramón Mercader del Río que pasó 20 años en una prisión mexicana, vivió en Moscú y pasó el final de sus días en La Habana, donde solía pasear a diario con sus perros por la Quinta Avenida del barrio de Miramar.
Padura cuenta el recorrido del exilio de Trotsky por Alma-Ata (Kazajstán), Turquía, Francia, Noruega y finalmente en una "casa-fortaleza" en Coyoacán, en la ciudad de México, después de haber vivido una temporada en la Casa Azul de Diego Rivera y Frida Khalo, sigue los pasos de Ramón Mercader desde sus tiempos como soldado en la Guerra Civil española y sus estancias en Moscú, Francia, Nueva York y México.
Padura ha dicho: "Stalin y Trotsky pensaban de dos modos diversos sobre la revolución. Stalin, para consolidar su poder, se aferró a su teoría del socialismo en un solo país, y coartó todo atisbo de democracia y pluralidad. Trotsky, con su teoría de la revolución permanente, pensaba que la victoria en Rusia era sólo un paso para luego seguir por Europa. Pero Stalin prácticamente traicionó a la posible revolución china en 1926-1927, no permitió una alianza entre las fuerzas de izquierda en Alemania que pudieron evitar el ascenso de Hitler al poder, maniató a la Internacional Comunista y en España, durante la guerra civil, exigió que se luchara por la victoria sin hacer la revolución. Era el menos brillante, pero demostró ser el más astuto y sibilino. Trotsky era brillante, orador, culto, mundano, famoso y mítico. Eliminar a Trotsky se convirtió en una exigencia para que Stalin pudiera conseguir la preeminencia y el poder absoluto, incluso la posibilidad de rescribir la historia y robarse un protagonismo que nunca tuvo".
Este libro de Padura parece que estaría disponible en Cuba algunos meses después de su publicación en España. Ignoro si ello ha ocurrido ya. A través de esta novela los cubanos sabrán que convivieron con este asesino. Cuando Padura habló en Cuba de su libro se le preguntó: “¿Tenía Mercader vínculos y la eventual protección del estado cubano durante su permanencia en nuestro país?”.
Padura respondió que la madre de Mercader, que se llamaba Caridad, trabajó como secretaria en la embajada de Cuba en París en los primeros años de la Revolución y que había tenido vínculos de Mercader con figuras importantes del viejo Partido Comunista, que lo auxiliarían en Cuba, una de las vías previsibles de escape después del asesinato.
Padura ha recordado que para la mayoría de los cubanos de su generación, el líder soviético, figura clave al lado de Lenin durante la Revolución de Octubre, era un hombre prácticamente desconocido o mal conocido.
“El misterio alrededor de qué había ocurrido con él, quién era, cómo había llegado al entorno de Trotsky…, que en 1974 viniera a vivir a Cuba y muriera aquí en 1978, fue algo que, desde que tuve noticias de él, me atrajo”, dijo Padura. Durante muchos años Ramón Mercader vivió en el anonimato. “Las personas que se relacionaron con él en Cuba no sabían de quién se trataba”.
Según Padura, la historia que dé sentido a la novela, ocurre en Cuba cuando el protagonista un día se encuentra en las Playas del Este a Jaime Ramón López, un señor que está paseando a dos perros rusos. “Este muchacho, el protagonista de la novela, no puede imaginar que esté conversando con Ramón Mercader, un hombre del que no sabía que existía y no tenía ninguna razón para conocer que vivía en Cuba. Empiezan a conversar hasta que «Jaime», que se sabe enfermo de muerte, decide contarle a este joven la historia de su «amigo» Ramón Mercader, porque considera que se va a perder y quiere que alguien la conozca”.
Una buena e interesante novela.

5 comentarios:

adelaida dijo...

Parece un libro interesante.Siempre ha habido mucha especulación en torno al personaje del asesino de Trostky. Creo, si no estoy equivocada y si lo estoy me corriges, Ramón Mercader pertenecía a la alta burguesía Catalana y era bastante culto , hablaba perfectamente el francés y el inglés.¿ No es una contradición? ¿De alguna forma se revelaba contra la burguesía al estar cerca del partido comunista soviético?

adelaida dijo...

Por cierto : ¿¿ alguién sabe dónde está nuestro amigo Alberto, que hace mucho que no comenta nada ??

Sotogrande dijo...

Yo conocí a un sobrino de Ramón Mercader, llevaba la família el tema con bastante vergüenza y discreción, le dije que si un familiar mío hubiera hecho algo así, yo no tendría vergüenza de nada, creo que hasta estaría orgulloso, eran otros tiempos. Aunque la verdad es que en plena época de Franco, siendo del bando de los perdedores, con un familiar exiliado, ser conocido como el sobrino del asesino no debía ser muy cómodo. Y luego estaba todo el tema de la venganza entre comunistas, gente tradicionalmente proclive a la violencia..., mejor callarse, no?
Lo de alta burguesía catalana, nada de nada. Creo recordar que que dijo que su tío, al que no conoció, era descrito en su família como un iluminado, tirando a loco.
Y la verdad es que me cuadra, el tipo le clavó a Troski un piolet en la cabeza!!

Rukaegos dijo...

Lo he tenido en la mano, en la librería, un par de veces, pero todavía no sé si daré el paso de la compra y la lectura o no. El título me sedujo, como te imaginarás, de inmediato, pero la lectura de la contraportada me dejó un poco frío.

Escéptico dijo...

Rukaegos, es buena literatura.
La familia de Mercader si que era en origen de la burguesía, pero bastante desquiciada. Al asesino de Trostky, que vivió con varias personalidades los estalinistas le formaron para que cumpliera esa "misión".
La muerte fue como dice Sotogrande y Trostky, enterrado en Mexico, no murió en el acto.