martes, 16 de octubre de 2018

19 de octubre; Día Internacional del Cáncer de Mama

sábado, 13 de octubre de 2018


“Gran Granada” novela de Justo Navarro
En la Granada gris del 16 de octubre de 1963 se produce una trágica inundación, y al día siguiente aparece el primer cadáver. Una mujer de la limpieza descubre el cuerpo del abogado Fernando Sola en la habitación de un hotel, aparentemente muerto por causas naturales. Se suceden otras muertes violentas que se atribuyen a extraños accidentes, improbables suicidios, providenciales asesinatos.
¿Cómo lo ve desde sus gafas de trece dioptrías el viejo comisario Polo, ingeniero de telecomunicaciones, visionario de la vigilancia, profeta del espionaje televisual y telefónico? Queriendo saberlo todo, sabe que a partir de cierto límite es mejor creer que averiguar, e indaga en unas muertes que de ningún modo pueden ser asesinatos: el jefe del Estado y su carrusel de jerarcas están a punto de desembarcar en la provincia inundada y no se puede recibir al Generalísimo con la noticia de una sucesión de asesinatos.
Hay dos mujeres; hay dos amigos íntimos, pertenecientes al círculo homosexual en un mundo de un solo sexo, exclusivamente masculino y patriarcal que dirige la ciudad. Los garantes de la Ley no dudan en utilizar el crimen para salvaguardar el orden. En la España de Franco reinan la paz, el orden y la ley.
Como ha escrito alguien al comentar esta novela: “por debajo de esa superficie esmerilada, reprimida e hipócrita se urden crímenes, se chantajea, se medra, se adula y se miente”. Porque en ese ambiente gris y provinciano hay chantajes, asesinatos, corrupción, mentiras, delación y dobles vidas que no salen de los armarios.
Las jerarquías eclesiásticas están implicadas en el comercio ilegal de obras de arte como si se tratara de gestionar otro nuevo sacramento. La policía tortura y hace desaparecer a los personajes que pueden resultar incómodos: es su trabajo.
Es un texto literario imaginativo, muy singular, que va más allá de ser una novela del género policiaco; buena literatura.

miércoles, 10 de octubre de 2018

My Parents (mis padres) obra de 1977 de David Hockney

domingo, 7 de octubre de 2018

NYA DE LA RUBIA, cantante y actriz sevillana a la que hemos visto en algunas series de televisión.

sábado, 29 de septiembre de 2018

domingo, 23 de septiembre de 2018

MAGGIE SFIFF, actriz estadounidense a la que he visto en “Billions” una serie de TV recomendable sobre la avaricia financiera y la corrupción entre los políticos. El multimillonario interpretado por Damian Lewis frente al fiscal federal de delitos financieros interpretado por Paul Giamatti. Los dos poderes enfrentados: el económico y el judicial con presencia activa del poder político. Les acompañan en la serie Malin Akermann, Condola Rashad (una buena actriz de teatro), David Costabile…

jueves, 20 de septiembre de 2018


“EL ECO DE LOS DISPAROS”  el libro de EDURNE PORTELA de 2016, nos ofrece elementos de reflexión sobre la variedad de respuestas morales que genera el terrorismo. ETA dejó de matar en 2010. Es el momento de construir la narración de los años de plomo y decidir qué les vamos a contar a nuestros hijos y nietos. ¿Qué relato va quedar de estos años? Esta es la pregunta que nos plantea el texto de Edurne Portela. «Somos cómplices de lo que nos deja indiferentes», repite. El relato no podemos permitir que sea el que construyan los asesinos.
Hubo demasiados silencios en esos años, silencios que en unos casos eran sinónimo de indiferencia y en otros de miedo. Ahora que ETA ha dejado de matar no podemos volver a callarnos. Hoy nos enfrentamos al reto de la memoria y esa memoria no puede abordarse desde la equidistancia. La equidistancia tiende a la comodidad y no podemos olvidar que en estos años de plomo unos sufrieron, otros hicieron sufrir y muchos miraron para otro lado. ¿Olvidamos la violencia que a veces se ejerció contra los etarras, basada en un concepto inaceptable de la defensa del Estado? No la olvidamos, pero tampoco la comparamos con la violencia sistemática de ETA.
Edurne Portela, nacida en 1974, según ella misma nos cuenta, vivió su adolescencia en la cotidianidad de la violencia, asistiendo a conciertos de rock radical de Kortatu o La Polla Records en los que se coreaba “gora ETA militarra”, cruzando la frontera francesa para visitar a un familiar amigo de “los barbudos” o viviendo en la ignorancia sobre el sufrimiento de la señora que les vendía anchoas, de la que con el tiempo supo que era viuda de un asesinado. Más tarde, la autora puso tierra de por medio y se doctoró en Literaturas Hispánicas en Estados Unidos.
Con “El eco de los disparos” ha evocado finalmente a sus propios fantasmas, los de la violencia que permeaba la sociedad vasca en la que nació y creció. La autora analiza cómo determinadas expresiones culturales desde la literatura, la fotografía o el cine han abordado el terrorismo de ETA y su objetivo es analizar cómo la literatura y el cine pueden contribuir a formar una sociedad más cívica, más responsable, más ética, a través de un esfuerzo por recordar ese pasado tan inmediato en el que demasiados vascos optaron por el silencio.
Como ha escrito Berna González Harbour, “Portela aporta un libro complejo a una realidad compleja, huyendo del maniqueísmo y de la equidistancia y navegando con una precisión difícil pero certera en el territorio que abrió Primo Levi cuando defendió conocer lo complejo para comprender, no para justificar”.
La autora, Edurne Portela, afirma: “La actitud de la sociedad vasca ha sido de complicidad y la complicidad tiene la idea de culpa implícita. Pero esta complicidad es muy compleja porque puede venir del miedo, de la connivencia o también de la ignorancia, una ignorancia activa, preferir no saber por ese terrible algo habrá hecho”. “La participación de la sociedad vasca en el problema ha sido inconsciente, pero también ha sido responsable”.
Portela señala el papel constructivo que tienen en este sentido obras de Fernando Aramburu, González Sainz, Jaime Rosales, el fotógrafo Clemente Bernad y algunos otros. Pero critica a fondo la falsa normalización que exhibe una película comoOcho apellidos vascos”, paradigma para ella de lo que no debe ocurrir.
Dice la autora: “Nos estamos saltando un paso fundamental: si no hay autocrítica, si no hay reconocimiento del daño, si no hay elaboración no podemos pasar al humor. No nos lo hemos ganado todavía”. No comparto totalmente esa tesis, pero aquí trato de resumir lo que dice la autora.
A lo largo del libro conocemos a una Edurne Portela con un rechazo visceral a los batasunos y a su retórica, pero que insiste en la necesidad de incluir en el cuadro el terrorismo de Estado o la violencia policial, sin que eso suponga hacer tabla rasa y equiparar a todas las víctimas y a todos los discursos. Se opone a la equidistancia cómplice, pero también a la utilización política de las víctimas del terrorismo, realizada a veces por las propias asociaciones de víctimas o por algunos partidos políticos.