Notas de cuando leí “ABRIL ES UN PAIS”, de TEREIXA CONSTENLA, corresponsal de El País en Lisboa desde julio de 2021
La revolución
portuguesa del 25 de abril de 1974 acabó de manera pacífica con una larga y
gris dictadura, un régimen ineficaz anclado en la represión y en viejos
delirios imperiales. En la conspiración estuvieron implicados unos trescientos
capitanes, quizás seiscientos oficiales en general, y el 25 de abril salieron a
la calle cinco mil militares, que pretendían democratizar Portugal y acabar con
sus guerras coloniales en África. Los deseos de aquellos militares fueron
democracia, descolonización y desarrollo. Los claveles en las bocas de los
fusiles o la canción “Grândola, vila morena”de José Alfonso, difundida
como contraseña para iniciar el golpe, no tardaron en dar la vuelta al mundo.
Muchos ignoran en cambio que aquella mañana de abril estuvo llena de momentos
épicos que contribuyeron a consolidar el golpe en favor de las libertades. Este
libro rescata historias como la del joven capitán Salgueiro Maia, que caminó
con los brazos en alto y una granada en el bolsillo, listo para el sacrificio,
hacia una batería de carros de combate que le apuntaban, o la del soldado que
se negó a obedecer la orden de disparar contra él y que permaneció cuarenta
años en el anonimato. Sobre episodios como estos se fundó la democracia
portuguesa hace ahora cincuenta años.
He leído sobre esa
revolución que cambió Portugal y he escrito sobre el tema, pero me ha gustado
leer este libro escrito por una periodista que conoce bien lo que sucedió
aquellos días y ahora, cuando han pasado 50 años, recuerda algunos heroísmos
desconocidos de la Revolución de los Claveles.
“Ahora que tenemos
la libertad, ¿qué vamos a hacer con ella?”, decía entonces la periodista Maria
Antónia Palla.
La autora de este
libro reflexiona y escribe sobre aquellos momentos de zozobra y miedo al
futuro, y tiene interés el tema para recordar como hubo otra generación que
luchó contra los temores de su época con un ejercicio de generosidad y
valentía. Y recodar que puede haber retrocesos, que ningún derecho es
irreversible.
Los portugueses a
quienes los españoles siempre habíamos mirado por encima del hombro nos dieron
una lección de generosidad, compromiso, valor y dignidad.
El libro nos
permite aproximarnos a la multiplicidad de proyectos políticos que aparecieron
para el nuevo Portugal. Conquistado el objetivo común, que era la caída de la
dictadura, se abrieron varios caminos políticos para construir la sociedad del
futuro y ahí aparecieron lógicas divisiones entre los militares, los políticos
y la población. De hecho, Portugal estuvo al borde de la guerra civil, pero el
contragolpe del 25 de noviembre de 1975 es el que pone fin al llamado PREC,
Proceso Revolucionario en Curso, y hace que el país se adentre en la senda de
las democracias ortodoxas occidentales. Entre otras cosas, porque era la
voluntad de la comunidad internacional. EE. UU. no quería un país con un
régimen revolucionario en el sur de Europa que podría desestabilizar España,
Francia y otros paises.
Portugal también
debió gestionar la fase poscolonial, conocer lo que había pasado en aquellos
países, las tres guerras coloniales que duraron 13 años o el retorno de medio
millón de personas que vivían en África y tuvieron que rehacer su vida en
Portugal. Hoy existe un respeto generalizado hacia lo ocurrido el 25 de abril
de 1974, con independencia de sus posiciones ideológicas, si exceptuamos
algunas posiciones de la extrema derecha.
Dice la autora que
“el halo romántico sobre la revolución portuguesa es incluso mayor que en otras
por esa naturaleza pacífica que tuvo. No estamos acostumbrados a que los
militares den golpes de Estado con tan buenas intenciones y mejores modales”.

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