Después de leer “EL LARGO VIAJE” (1963). Esta fue la primera novela de JORGE SEMPRÚN, y mereció el Premio Formentor en 1964 y el Prix de la Résistance. Con esta novela comenzó su carrera de escritor.
El 3 de mayo de 1963, en un “almuerzo
fraternal” ofrecido por el PCF, Pierre Gosnat, miembro del PCF, hizo un brindis
al camarada Federico Sánchez que, bajo ese nombre, Jorge Semprún había ganado
dos días antes el Premio Formentor de literatura. En España, la prensa
franquista con ABC a la cabeza atacó al premiado “como típico representante de
la diáspora roja del odio y del rencor”.
El 1 de mayo de 1964 se entregaba el
Premio Formentor que Semprún había ganado con “El largo viaje”. Le entregaron a
Semprún las ediciones de las trece traducciones que se publicaban
simultáneamente. Se levantó Carlos Barral, se dieron un abrazo y entregó al
autor un libro con las hojas en blanco porque la censura había prohibido su
publicación en España.
Semprún había
comenzado a escribir su primera novela mientras estaba en la clandestinidad en
Madrid, a comienzos de 1961.
Durante el franquismo, Semprún coincidió en un piso
franco de Madrid con dos militantes del PCE. Uno de ellos, Manuel
Azaustre, había estado en Mauthausen y un día le relató sus penalidades.
A Semprún, la narración le pareció verdadera, pero inarticulada e insuficiente.
Pensó que Azaustre, aunque había vivido la experiencia del campo de
concentración, no sabía cómo transmitirla. Quiso entonces contar esa misma
historia con sus propias palabras, de manera que su recreación literaria fuera
capaz de transmitir la esencia de lo que era un campo de
concentración. “El largo viaje”, por tanto, no
reflejaría solo una vivencia propia, también una historia ajena. En “El largo
viaje”, Semprún asume como una obligación intelectual y política expresar
su propia experiencia concentracionaria, para paliar lo que no pueden o no
saben expresar Azaustre y muchos otros.
Cuando el
libro fue publicado en 1963, ya se delineaban sus desacuerdos con la dirección
del PCE y había sido relevado de sus tareas clandestinas. “El largo viaje” no
refleja disenso alguno con el partido comunista; solamente se advierte cierta
heterodoxia en las lecturas de Gérard, su alter ego.
Es el relato del viaje a la certidumbre de
la muerte: el viaje en tren de Gérard (nombre de guerra del joven combatiente
de la resistencia, álter ego del autor), desde su salida de la cárcel de
Compiegne con destino a Weimar, en cuyas cercanías se ubica el campo de
concentración de Buchenwald. Y es también la novela que contiene, implícito, el
relato de otro viaje: el viaje a la vida, a la escritura.
De la gestación y escritura de la novela
tenemos hoy abundantes datos, revelados por el autor en ese libro fundamental
para entender la obra de Semprún que es “La escritura o la vida” (1995),
o bien en otros libros autobiográficos como “Adiós, luz de veranos” …
(1998). En el primero, habla el autor del modo en que fue escrita («de un
tirón, sin recuperar el aliento») y del tiempo y el espacio en que la escribió:
en 1961 en Madrid, en un piso clandestino de la calle Concepción Bahamonde,
cuando el joven Gérard se había transformado en el militante y dirigente del
PCE Federico Sánchez. En esa reflexión sobre las relaciones entre la memoria de
la muerte y la escritura, revela también Semprún las causas de haber aplazado
durante tanto tiempo el relato de este largo viaje a la certidumbre de la
muerte: la necesidad de olvidar para después, desde la distancia, darse cuenta
y poder así dar cuenta de todo ello (certeza ya expresada en la propia novela,
si bien todavía sólo como una nebulosa intención), salvando, desde la lejanía y
el silencio, lo literario de un relato que no debería convertirse en otro más
de los previsibles relatos de exdeportados que ya en 1945 empezaban a oírse.
El relato de “El largo viaje”
arranca en la quinta noche de este. El presente narrativo se cubre básicamente
a partir de la conversación de Gérard y el chico de Semur, personaje ficticio,
cuya presencia y cuya voz –la de la razón– humaniza esa travesía transida de
silencio, dolor, angustia, rabia, odio, muerte… Es el compañero en quien Gérard
se apoya, con quien comparte los incidentes del presente y los recuerdos de la
vida dejada atrás. Narrativamente es un contrapunto que enriquece el relato,
porque es otra voz distinta, que completa la del narrador y propicia nuevas
meditaciones y recuerdos y hasta anticipaciones, al ser el tiempo de la
escritura muy posterior al de los hechos del presente, cubriendo también el
relato el tramo del silencio. Que ese vaivén de tiempos tan característico en
la narrativa de Semprún –un ir y venir en el tiempo, entre anticipaciones y
vueltas atrás, ininterrumpidamente, en una sucesión de capas de imágenes que se
superponen pese a proceder de instantes o experiencias muy dispares– no es
simple artificio retórico (derivado, por ejemplo, de la confesada filiación
proustiana del autor) se advierte en la naturalidad con que sobrevienen y
encajan en el discurso, pese al modo cada vez más brusco de los tránsitos y
pese al ritmo acelerado con que se suceden.
En una entrevista después de publicar la
novela en “Gallimar”, Semprún declara; “El largo viaje” es el de ciento
veinte deportados en un vagón de mercancías que son conducidos de Compiégne a
Buchenwald y es también el viaje interior en la memoria y los recuerdos, y en
la anticipación del futuro del personaje principal”.